domingo 1 de noviembre de 2009
Mis manos en sangre
Mira, mira mis manos en sangre
Desgarrando la piel herida,
Podrida, henchida.
Henchida de orgullo,
De sueños esfumados,
De vuelos caídos y olvidados.
Mira, mira mi rostro.
El rostro demacrado.
Los ojos opacados.
Mis cuencas vacías.
Y mira, tú.
Sí, tú, mira.
Mira mi pecho caído,
Mi pecho que acunó los ensueños
Ahora desvanecidos
Observa y escucha.
Siente, siente al cadáver
Enmudecido y cegado.
Y, tú, cierra tus ojos.
Sella tus labios.
Que todo ya ha desaparecido.
sábado 31 de octubre de 2009
El otro en el espejo
me he dado cuenta q rayo mucho con los espejos XD
El Otro en el espejo
El humo del cigarrillo se alzó con paso lento y resistencia para esfumarse un poco antes de alcanzar el cielo de madera café y vieja.
El reloj de pared y que era tan antiguo como la casa misma, marcaba el paso del tiempo con odiosidad y prepotencia. Estaba claro que el dichoso objeto quería hacerlo notar cómo fuese que la hora acordada estaba acercándose a pasos agigantados.
Diez campanadas comenzaron a sonar en la pequeña salita del té cuando las manecillas dieron las diez de la noche, indicándole que en tan sólo cinco minutos comenzaría el infierno y que el decrépito timbre comenzaría su estridente canto sin cesar hasta la medianoche en donde todo volvería a ser paz y soledad como le gustaba a él.
Y así fue. Justo a las diez y cinco el paseo comenzó aumentando su ya maldito humor.
31 de octubre era la época que más odiaba junto con el 25 y el 31 de diciembre. Odiaba las fiestas y odiaba a las personas. De hecho hasta se odiaba a él mismo. Lo único que adoraba era su estado de soledad y su vieja casona estilo colonial que había pertenecido a su familia por generaciones y que no sería heredada por nadie, ya que él nunca se había casado y nunca había tenido hijos. Y no lo lamentaba: odiaba a los niños, y en esa fecha los odiaba aun más, si acaso eso era posible.
Primer timbrazo y sintió que la bilis se le subía a la garganta cuando escuchó el ya acostumbrado “dulce o travesura” de una manada de niños que seguro iban disfrazados de brujas y vampiros intentando asemejarse lo más posible a los seres de sus pesadillas o de sus películas de terror favoritas, acompañados por una de sus madres que sonreía en tono de disculpa por tener que molestar por unos estúpidos dulces.
Segundo timbrazo y él no podía entender por qué celebraran esa idiota fiesta, siendo que jamás les había pertenecido. Chileno estúpido y sin identidad que no podía hacer otra cosa que copiar todo lo extranjero en un intento de sentirse bien consigo mismo.
Tercer timbrazo y se levantó gruñendo para dirigirse todo lo rápido que su pierna mala le permitía. Cojeó hasta que alcanzó su viejo y maltrecho bastón y llegó a la mohosa puerta y la abrió de un tirón para encontrarse de lleno con un grupo especialmente grande que sonreía con sus baldes y bolsas “halloweenenses” y gritaban al unísono la maldita frase que no les pertenecía y no les pertenecería jamás.
Los miró y puso su mejor cara de ermitaño odioso, cosa que no se le hizo difícil y consiguió que el grupo de niñatos saliera corriendo, pero no consiguió que lo hicieran en silencio, por lo cual se tuvo que aguantar el estrepitoso griterío.
Cerró la puerta fuertemente haciendo crujir la vieja casa. Con paso lento, pero seguro volvió a sentarse en su antiguo sillón que en algún tiempo fue de un fuerte rojo, pero que ahora se confundía con el café de la tierra.
Volvió su atención a su consumido cigarrillo y gruñó al ver que se había apagado. Sacó uno nuevo y lo encendió y volvió a su acostumbrada rutina, obviando el cuarto timbrazo, el quinto y el sexto que se sucedieron sin descanso.
A la décima llamada, sus oídos ya se habían acostumbrado hasta volverse sordos. Ahí sentado en su viejo sillón, siguió mirando a la nada y fumando sin descanso, obviando el golpeteo del viento que se había alzado y las sonoras carcajadas de los niños que corrían fuera de su casa, compitiendo por conseguir más dulces.
Después de dos horas de solicitudes ininterrumpidas, volvió el silencio, volvió la tranquilidad que lo caracterizaba, volvió su soledad. Se quedó sentado observando lo negro de la ventana, meditando sin rumbo fijo y auto compadeciéndose sin dirección establecida. Ahí sentado en su viejo sillón oyó el tic tac incansable del polvoriento reloj, que marcaba las horas con explosiva prepotencia. Ahí sentado en aquel trono de polvo y años, se quedó observando el ir y venir de las sombras del tiempo, gruñendo a su maldita suerte y bufando a los fantasmas de sus rencores.
Se levantó con el peso de sus desgracias sobre sus hombros y con paso lento caminó en dirección a donde colgaba un viejo espejo. Se paró y observó su demacrado rostro, surcado por arrugas y destinos maltrechos. Vio su amarillenta tez y se burló de sus negros ojos, hasta que un nuevo timbrazo interrumpió su observación y el desatinado rumbo de sus pensamientos.
Gruñendo nuevamente, tomó su bastón y caminó todo lo rápido que su vieja y enferma pierna le permitió. Abrió la puerta de golpe y observó con perplejidad y luego con furia el vacío oscuro espacio que se reveló ante sus ojos. No había nadie ni nada, y lo único que llenaba las calles era una titilante luz y un viento que no dejaba de correr en el espacio vacío de la ciudad dormida.
Miró hacia ambos lados y sintió la ira arder dentro de su pecho. Maldijo y volvió a maldecir a cualquiera que hubiese sido el gracioso que hubiese decidido jugarle una mala broma. Cerró la puerta de golpe haciendo crujir la anciana construcción y volvió sobre sus pasos decidido a irse a dormir por esa noche, sin embargo, al pasar junto al opacado espejo, una sombra a sus espaldas lo sobresaltó. Se giró lentamente para encontrarse con la nada y los muebles.
Caminó decidido a investigar y maldiciendo su mala suerte, cuando sintió como el espejo se hacia añicos a su espalda, causando un estrépito que reverberó en toda la casa, con un sonido tan frío como el mismo hielo que consiguió que su pulso se disparara ante el peligro. El aire cambió abruptamente, siendo reemplazado por una atmósfera hostil y helada como el mismo infierno de Dante. Sintió pasos y un susurrar de capas y cadenas arrastrándose en la sala que anteriormente lo había cobijado. El sudor cubrió su frente y su sangre corrió deprisa en sus obstruidas venas.
Tomó el bastón y lo sujetó con fuerza, caminó lentamente y con precaución hasta que llegó en donde antaño había colgado el destartalado espejo, pero se llevó una sorpresa que aumentó el desosiego y el temor que iba ganando la batalla a pasos agigantados. Ahí en la sucia pared, descansaba aquel objeto del demonio, intacto y magnánimo, como un rey soberbio y austero, devolviéndole su sucia imagen.
Sintió el pánico arder en sus venas. Su estómago se encogió cuando la lisa superficie de aquel negro artilugio le mostró la negra figura que avanzaba hacia él encorvada y con la mirada en el suelo. La negra capa ondulaba al ritmo de la muerte y su blanca y podrida piel se revelaba entre el negro y espeso pelo que cubría su rostro. Se acercaba por la espalda y el hedor fúnebre le obstruía los sentidos. Se giró abruptamente y no vio anda. La sala estaba vacía, sólo llenada por los muebles y el polvo, sin embargo, resonaba los pasos amortiguados y el arrastrar de cadenas.
Unas frías manos lo tomaron de la garganta y supo que estaba perdido. Las cadenas se enrollaron alrededor de su cuello y pudo sentir la presión del ardiente acero que le quitaba el aire y lo empujaba a los brazos de la muerte. Giró el rostro y se encontró de lleno con su reflejo saliendo de aquel espejo. Un reflejo que él no conocía, pero que sabía que le pertenecía. Los ojos negros de aquel ser estaban nublados por la locura y el inframundo. Su piel verdosa y con pústulas carcomía la razón y la cordura. Sus amarillos dientes formaban una macabra risa que prometía mil infiernos y mil noches de torturas. Las cadenas se apretaron y la sangre comenzó a llenarle la boca.
El ser comenzó a retroceder en el espejo, volviendo de donde había salido y llevándose consigo la parte que le correspondía por derecho. Su otro yo, comenzó a retroceder sin quitar el agarre de su destrozada garganta, retrocedió aun riendo en silencio y mirándolo con la cruda verdad. Su otro yo en el espejo desapareció de donde había salido, soltándolo en el último momento. Su negro reflejo se desvaneció al tiempo que él caía en el sucio y polvoriento piso de madera que crujió ante su peso.
Sus ojos nublados por la muerte miraron como la sangre comenzaba a extenderse como fiel testigo de lo que esa noche había pasado. La negra sangre escapó de él, fluyendo y llevándose en secreto lo que nunca nadie averiguaría: Su muerte por su Otro en el espejo.
jueves 28 de mayo de 2009
TRES
TRES
Cuenta la historia que una sombra cobraba tres vidas una vez al mes.
Los aldeanos llegaron hasta hacer apuestas sobre quiénes serían los siguientes en ser reclamados por el misterioso ente.
Apostaban en qué fecha se presentaría, en qué lugar aparecería y hasta de qué sexo podía ser.
Sin embrago, después de un tiempo el juego cesó, ya que cada vez que un habitante acertaba en su apuesta, la misteriosa sombra, al parecer indignada por el infame juego a su costa, decidió comenzar a reclamar, a modo de premio, a los desdichados ganadores.
Las muertes a la que sometía a los infelices apostadores variaban según el grado de acierto del desgraciado. Así el primero podía morir descuartizado, mutilado o quemado; mientras que el segundo podía sucumbir ahogado; el tercero, por su parte, lo acababa un disparo bien puesto o una estocada certera en el corazón.
Los pueblerinos hartos de aquella macabra cacería decidieron abandonar la aldea en una forma de evitar su cada vez más evidente muertes.
—Esta vez lo conseguiremos —decían los más optimistas.
—Nos perseguirá hasta donde vayamos —decían los menos entusiastas.
—Yo no me muevo de aquí aunque eso me cueste la vida —proclamaban los más osados.
Así tras largas discusiones, los habitantes se dividieron en tres grandes grupos: el de los optimistas se fue a probar suerte a la gran ciudad; el de los cobardes optó por una aldea cercana sin mucha convicción de burlar a la muerte; y los osados siguieron sus vidas en la aldea que los había visto nacer y que, sin duda, los vería morir.
La cruel sombra al verse en medio de un pueblo cuasi fantasma decidió cambiar de táctica. Enfurecida y herida por el perverso intento de burlarla, optó por llevarse de una sola vez sus tres acostumbras almas. Así que sin más, con una plaga para cada grupo reclamó su cuota mensual de vidas y al verse sin aldeanos por cobrar, tomó sus cosas y se mudó de pueblo en busca de una nueva fuente de trabajo.
lunes 6 de abril de 2009
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Ella solía vivir consagrada a suus deberes y rara vez se detenía a disfrutar un poco de las pequeñas cosas de la vida, pero aquello no plateaba un problema para su tan planeada existencia. Cualquier cosa que pudiese amenazar su línea de trabajo, ella lo rechazaba sin pararse a pensar si hubiese sido positivo aceptarlo.
Desde pequeña se le había enseñado una forma de vida metódica, como la única manera de alcanzar el éxito.
Su madre y su padre eran rigurosos y ejemplares modelos de este estilo de vida; y sus abuelos y bisabuelos fueron los mejores exponentes de tan singular pensamiento, los cuales se habían ido a la tumba convencidos de los buenos resultados que aquel proceso daba.
Dea siempre vivió trabajando arduamente por alcanzar sus metas. Dejó pasar miles de sonrisas y cientos de límpias miradas por estar centrada siempre en un objetivo fijo.
Siempre desdeñó pedir un número de teléfono si aquello significaba desviarse de su camino tan rigurosamente trazada. Nunca disfrutó de un rato de relajación si aquello significaba desprenderse de su notebook de trabajo.
Contrajo matrimonio a una edad algo avanzada y sólo porque aquello estaba dentro de sus planes. No tuvo hijos porque aquello hubiese significado una distracción en su trabajo. Se divorció sólo porque dentro de su planificación de vida así estaba estipulado. Sin embargo, falleció de una forma que ni ella pudo prever y, por ende, todo lo que logró conseguir en su corta y aburrida vida se esfumó como si nunca hubiese existido.
martes 9 de diciembre de 2008
El pequeño asesino

Cuento XI: El Pequeño asesino
José era un asesino que a su corta edad había matado a más de cincuenta personas de la forma más cruel que se pueda imaginar.
Él era un tipo bastante solitario que le encantaba el frío y la oscuridad, fachada que encajaba perfectamente con su perfil de asesino.
José guardaba en su memoria cada uno de los asesinatos que había cometido y solía recordarlos cada día, se regocijaba con traer al presente cada uno de los detalles.
A José no le gustaba mucho el trato con otras personas y cada vez que tenía algún problema con alguna de ellas, se daba por hecho que esa misma noche sería asesinada.
Su modo de proseguir era bastante peculiar: se encerraba en su habitación, apagaba todas las luces y pedía que no lo molestaran, luego se tendía sobre la cama y cerraba los ojos, se concentraba en la persona con la q había tenido el problema e imaginaba todas las cosas que quería que sucedieran de una forma bastante detallada.
A José, su forma de prodeguir nunca le falló, por medio de su mente logró asesinar y torturar a todos aquellos en que fijó su atención.
José a su diez años era un chico bastante introvertido que guardaba un gran secreto: en su mente cargaba con más de cincuenta asesinatos.
Bueno, después de mil siglos vuelvo con algo mío, no con una recopilación de internet.
Si no me equivoco, esta cosa la escribí en una entretenida clase de "Chirola" XD, así q no prometo nada bueno.
En fin, la imagen q está en un costado la robre del sgte link: http://pinheadx.deviantart.com/art/retrato-de-un-asesino-21316095
así que si el dueño de esta ilustración algún día, por casualidad encunetra este dibujo aquí, al menos vea q su pag está citada XD.
Bueno eso es todo, besos y adiós
miércoles 15 de octubre de 2008
La LLorona
Los cuatros sacerdotes aguardaban espectrantes.
Sus ojillos vivaces iban del cielo estrellado en donde señoreaba la gran luna blanca, al espejo argentino del lago de Texcoco, en donde las bandadas de patos silenciosos bajaban en busca de los gordos ajolotes.
Después confrontaban el movimiento de las constelaciones estelares para determinar la hora, con sus profundos conocimientos de la astronomía.
De pronto estalló el grito....Era un alarido lastimoso, hiriente, sobrecogedor. Un sonido agudo como escapado de la garganta de una mujer en agonía. El grito se fue extendiendo sobre el agua, rebotando contra los montes y enroscándose en las alfardas y en los taludes de los templos, rebotó en el Gran Teocali dedicado al Dios Huitzilopochtli, que comenzara a construir Tizoc en 1481 para terminarlo Ahuizotl en 1502 si las crónicas antiguas han sido bien interpretadas y parecio quedar flotando en el maravilloso palacio del entonces Emperador Moctezuma Xocoyótzin.
-- Es Cihuacoatl! -- exclamó el más viejo de los cuatro sacerdotes que aguardaban el portento.
-- La Diosa ha salido de las aguas y bajado de la montaña para prevenirnos nuevamente --, agregó el otro interrogador de las estrellas y la noche.
Subieron al lugar más alto del templo y pudieron ver hacia el oriente una figura blanca, con el pelo peinado de tal modo que parecía llevar en la frente dos pequeños cornezuelos, arrastrando o flotando una cauda de tela tan vaporosa que jugueteaba con el fresco de la noche plenilunar.
Cuando se hubo opacado el grito y sus ecos se perdieron a lo lejos, por el rumbo del señorío de Texcocan todo quedó en silencio, sombras ominosas huyeron hacias las aguas hasta que el pavor fue roto por algo que los sacerdotes primero y después Fray Bernandino de Sahagún interpretaron de este modo:
"...Hijos míos... amados hijos del Anáhuac, vuestra destrucción está próxima...."
Venía otra sarta de lamentos igualmente dolorosos y conmovedores, para decir, cuando ya se alejaba hacia la colina que cubría las faldas de los montes:
"...A dónde iréis.... a dónde os podré llevar para que escapéis a tan funesto destino.... hijos míos, estáis a punto de perderos..."
Al oir estas palabras que más tarde comprobaron los augures, los cuatro sacerdotes estuvieron de acuerdo en que aquella fantasmal aparición que llenaba de terror a las gentes de la gran Tenochtitlán, era la misma Diosa Cihuacoatl, la deidad protectora de la raza, aquella buena madre que había heredado a los dioses para finalmentente depositar su poder y sabiduría en Tilpotoncátzin en ese tiempo poseedor de su dignidad sacerdotal.
El emperador Moctezuma Xocoyótzin se atuzó el bigote ralo que parecía escurrirle por la comisura de sus labios, se alisó con una mano la barba de pelos escasos y entrecanos y clavó sus ojillos vivaces aunque tímidos, en el viejo códice dibujado sobre la atezada superficie de amatl y que se guardaba en los archivos del imperio tal vez desde los tiempos de Itzcoatl y Tlacaelel.
El emperador Moctezuma, como todos los que no están iniciados en el conocimiento de la hierática escritura, sólo miraba con asombro los códices multicolores, hasta que los sacerdotes, después de hacer una reverencia, le interpretaron lo allí escrito.
---Señor, -- le dijeron --, estos viejos anuales nos hablan de que la Diosa Cihuacoatl aparecerá según el sexto pronóstico de los agoreros, para anunciarnos la destrucción de vuestro imperio.
Dicen aquí los sabios más sabios y más antiguos que nosotros, que hombres extraños vendrán por el Oriente y sojuzgarán a tu pueblo y a ti mismo y tú y los tuyos serán de muchos lloros y grandes penas y que tu raza desaparecerá devorada y nuestros dioses humillados por otros dioses más poderosos.
--- Dioses más poderosos que nuestro Dios Huitzilopochtli, y que el Gran Destructor Tezcatlipoca y que nuestros formidables dioses de la guerra y de la sangre? -- preguntó Moctezuma bajando la cabeza con temor y humildad.
--- Así lo dicen los sabios y los sacerdotes más sabios y más viejos que nosotros, señor. Por eso la Diosa Cihuacoatl vaga por el anáhuac lanzando lloros y arrastrando penas, gritando para que oigan quienes sepan oír, las desdichas que han de llegar muy pronto a vuestro Imperio.
Moctezuma guardó silencio y se quedó pensativo, hundido en su gran trono de alabastro y esmeraldas; entonces los cuatro sacerdotes volvieron a doblar los pasmosos códices y se retiraron también en silencio, para ir a depositar de nuevo en los archivos imperiales, aquello que dejaron escrito los más sabios y más viejos.
Aquellos hombres de Oriente no eran mas que los españoles dirigidos por Hernan Cortez y despues de la caída de Tenochtitlán tanto aztecas como los pueblos subyugados por ellos sufrirían las mas grandes atrocidades jamas vistas. Las mujeres serían violadas, los hombres asesinados y sus dioses olvidados a excepción de La llorona...
Historia recopilada en internet